Wednesday, January 14, 2009

Miguel Eyquem Dr. Honoris Causa


Texto leído por Miguel Eyquem y pronunciado en la ceremonia de investidura del Grado de Doctor Honoris Causa de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso:




Sobre Nuestra Escuela
Dr. Miguel Eyquem A.




Monseñor Gran Canciller, Monseñor Vice Canciller, Señor Rector, Decanos, Directores de Escuelas, Profesores, amigos, en este solemne acto de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, debo agradecer el alto honor que me confiere, doblemente pues a mi entender, cuando hace ya algunos años le fue conferido a Alberto Cruz, fue claro para nosotros, el pequeño grupo que formaba el Instituto de Arquitectura, era éste quien recibía el alto honor en la persona de Alberto, su Director, y así lo hice notar para nosotros. Hoy día podría decir que a través mío también la Escuela lo recibe, en la cual, a sus personas les debo el seguir trabajando en el oficio.
Me es muy difícil dirigirme a Uds. en este acto con las más altas autoridades, cuando en nuestra pequeña Escuela seguimos la forma tradicional de estudios; la forma de taller, que va al detalle de lo que realiza cada uno, un diálogo directo con el estudiante; hay que oír sus descubrimientos, lo que ha observado.
Los talleres trabajan en una cierta intimidad. No tenemos práctica de la estructura de una clase lectiva, donde un profesor en la cátedra frente a un grupo a veces importante de personas debe tener una actuación elocuente. En esta Escuela no tenemos esta educación y por eso quizás somos malos actores.
Perdónenme.
Por esto mismo pienso que este momento tan importante debiera ser ocasión, para que conocieran ciertos puntos singulares; algunos faros y cabos de nuestro derrotero, el que nos ha hecho llegar hasta aquí, hoy día. Una Escuela poco conocida en su forma de trabajar, en su artesanía, que no por eso, se aleja de la modernidad más abstracta. No olvidar aquellas palabras de Martin Heidegger:
“el pensar es un oficio de manos”
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Las escuelas de arquitectura del mundo, en general, se fundan hoy día en tecnologías. Insisten, en medir sus estudios por sus dimensiones prácticas. Seguramente porque ven que necesitan recuperar aquello que perdieron en el siglo XIX: la Ingeniería. El “Beaux Arts” de París se transformó en el paradigma para todas las Escuelas de Arquitectura.
Esta Escuela de Arquitectura y Diseños, en el presente, nace desde otro ángulo, impensable desde ahí.
Mirando su devenir, diría que este camino que ya lleva 57 años aquí, se ha generado a partir de sucesivos encuentros de personas –no previstos. Como diría el poeta: encuentros fortuitos, sorpresivos, que no obedecen a ningún cálculo y son gratuitos, son frutos del azar.
El primero fue el encuentro con Alberto Cruz en la Escuela de Arquitectura de la Católica de Santiago, precisamente conmigo, el más antiguo después de Alberto, en 1946. Fue un cruce de caminos, pues yo venía de los Padres Franceses a Ingeniería de la Universidad de Chile, y de ahí a Arquitectura de la Católica. Comenzamos a trabajar desde un punto de partida completamente original, de Alberto. En ese tiempo, los años 40, Chile estaba culturalmente muy aislado, no teníamos la información que requeríamos.
El segundo encuentro sorprendente fue con Godofredo Iommi. Completamente accidental, consecuencia de la muerte de otro poeta, que lo hizo venir a Chile desde Buenos Aires en 1948. Godo, como le decíamos, nos desvió del camino inicialmente propuesto, nos cambió de escala, nos elevó el horizonte que nos asignábamos. Debíamos conformar un grupo mayor, con más variables. Godo fue el comienzo de acontecimientos impensables hasta entonces para nosotros.
En seguida, a poco andar en un curso que hacíamos en Arquitectura de la Católica en Santiago, apareció el padre Jorge González Foster, jesuita, Rector de la Universidad Católica de Valparaíso.
El padre González nos trajo a esta Universidad. Era un hombre muy preparado, venia llegando de ser Rector del Seminario Jesuita de San Miguel, en Buenos Aires. Bastaba ver el edificio de su sede, para darse cuenta de su importancia: una cuadra de largo de 6 pisos. En la terraza, un observatorio astronómico conocido.
La enorme libertad y visión de este Rector, para dirigir esta Universidad permitió que nos aceptara como un grupo, cosa inusitada en este país. Su saber y su bondad nos ayudaron en nuestro desarrollo en los primeros años en esta Escuela. Permitió fundar el Instituto de Arquitectura, para el estudio y la investigación.
Otro encuentro fortuito, sorpresivo en nuestro primer año en Valparaíso (el 52), fue con el filósofo Enasto Grassi, profesor en Munich. Este hombre había sido contratado por el gran Rector de la Universidad de Chile, Juan Gómez-Millas.
Especial circunstancia: en 1952 se conmemoraba el quinto centenario de Leonardo da Vinci. Grassi es invitado por el Instituto de Filosofía para dar una conferencia aquí. Vinimos los dos con Godo a oírlo.
Tanto nos gustó el retrato que hizo de Leonardo, un descubridor, un gran observador profundo del mundo que nos rodea, Ingeniero y artista, un maestro para nosotros. Fuimos a saludarlo; Godo lo invita para que al día siguiente viniera a nuestra casa. Yo muerto de susto. Le mostramos una exposición de las láminas realizadas por alumnos de primer año. Todavía no sabían dibujar, eran malísimas. Alberto con su magia, le mostró los descubrimientos que hacían estos muchachos sin saberlo. Grassi escucha con atención, entonces dijo: lo que Uds. están haciendo aquí es desarrollar el método socrático, exactamente.
Nos hicimos amigos, durante 5 años seguimos los seminarios sobre los diálogos de Platón, que venía a dictar cada semana. Estos seminarios fueron muy importantes para esta Universidad y para la Escuela de Filosofía.
Este encuentro nos deja marcados. Hemos seguido leyendo Platón y su proyección metafísica sobre el mundo. Y a través de amigos filósofos como François Fédier, discípulo de Beaufret y de Heidegger, llevamos una relación permanente, Fédier ha venido regularmente y nos ha hecho seminarios especialmente escogidos sobre el Arte. Continuamente nos envía sus trabajos y conferencias, siempre relacionados con la poesía y la obra de arte, como lo fue también para Heidegger en sus últimos tiempos. Fédier es co-fundador de la Ciudad Abierta y participó en la primera Travesía Amereida por América.
Personalmente realicé una travesía a Grecia para rendir un homenaje a Godo en el Santuario de Delfos, con Fédier y el lingüista griego Christos Clairis –fundador del Instituto de Lingüística en la U. de Valparaíso–, quien es otro humanista que participó en esta Universidad, permanece muy próximo. Recientemente, Christos nos ha hecho participar de un seminario que ha realizado con Fédier a un curso de Lingüística de la Sorbonne, sobre el Sofista de Platón, enviándonos los protocolos a medida que los redactaban. De tal modo seguíamos el seminario simultaneamente desde aquí.
Estos hechos muestran el corazón de esta Escuela, quien le proporciona un fundamento humanístico profundo, desde el origen mismo de nuestra civilización de occidente en Grecia. Y esto sin hablar aún de la poesía y los muchos poetas de aquí, de Chile y de América y Europa con los cuales nos relacionó Godo. Algunos vivieron con nosotros durante varios años, Edison Simons, y también el gran poeta brasileño Gerardo Mello Mourao, quien nos dedicó varios libros.
Y aquí en la Universidad hemos tenido estrecha relación con Jorge Eduardo Rivera en asuntos filosóficos.
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Otros encuentros que han conformado esta Escuela de Arquitectura: Tal como los griegos, requeríamos las matemáticas y la Cultura del Cuerpo. Nos iniciamos en la lógica simbólica con Alberto Vial, un hombre que fue muy importante para nosotros. Siempre fue consejero matemático, un iluminador universitario. Junto con él, en los años 56-57, tuvimos un nuevo encuentro fortuito, relevante: otro jesuita, el matemático Elemer Nemeseghi, quien era discípulo de un gran matemático húngaro relacionado con la Escuela de Viena. Con él tuvimos un curso sobre el álgebra de Boole; hoy día, la base de la computación.
En este punto hay que recordar a Luis López profesor de lógica simbólica de esta Universidad, siendo él, arquitecto de origen. Más adelante, con Nemeseghi, Alberto Vial y Hernández, se fundó el Instituto de Matemática de esta Universidad, en nuestra pequeña Escuela en Recreo. Su primera sede: en una casita de madera.
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Siempre en los años 50, en mi propia experiencia, trabajando en el proyecto del convento de los Benedictinos de Santiago, necesitaba consultar un ingeniero luminotécnico para medir una captación de luz natural indirecta –estudios que más tarde desarrollamos en la parroquia de Santa Clara en Santiago y en la parroquia de Santa Teresa en Quillota. Aquí eran ensayos para hacer aparecer la luz a través de muros opacos: Que el ojo percibiera una pared iluminada sin ninguna abertura aparente, provocando la impresión de una materia iluminada por dentro, como calentar un fierro al rojo blanco –una desmaterialización de la materia. El ingeniero indicado fue José Pablo Domínguez, con él vimos la importancia que tenia hoy día esta dimensión en los espacios arquitectónicos. Fue así que nació la idea de fundar, con él, el Instituto de Luminotécnia de esta Universidad. Todo esto sucedió antes de 1958, fueron años muy fecundos que nos inducían a un espíritu de gran abertura para conformar una Escuela generada desde un fundamento humanístico, luminoso y matemático.
Hoy día continúan perfeccionando el Instituto de Matemática e iluminando nuestra Escuela; nuevas generaciones de matemáticos como Arturo Mena el Decano, Roberto Johnson y María Luisa Aburto y Elisabette Montoya, todos con pos-títulos en el extranjero. Son nuestros grandes colaboradores.
También estamos alargando las antenas hacia varios sectores de nuestra Universidad: Ingeniería Civil, Ingeniería en construcción, Instituto de Historia.
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La vida de esta Escuela –su vitalidad– se debe no solamente a estos distinguidos docentes. Es necesario nombrar al menos algunos de nuestros destacados ex-alumnos, entre los muchos que han seguido siendo colaboradores activos de la Escuela y de la Ciudad Abierta. Ha sido posible llevar adelante estas complicadas empresas con su colaboración. Están los que llamamos antiguos: Jaime Márquez; Germán Bannen, en la Municipalidad de Providencia; Alfonso Rosende; Hernán Tredinik; Cristián Valdés, premio Nacional de Arquitectura de este año, con quien he trabajado muchos proyectos; Victor Gubins, premio Nacional de Arquitectura y Presidente del colegio de Arquitecto hace algunos años; Juan Ignacio Baixas, a quien han oído recién, quien no siendo ex-alumno de esta Escuela ha desarrollado diversos cursos que se tradujeron en un libro que sirve de texto de estudio en varias Escuelas, Director de Arquitectura de la UC y Director de la última Bienal de Arquitectura; Pablo Ortúzar, llegando de Europa después de 30 años, un gran colaborador aquí; y Pablo Edwards, siempre presente.
También están nuestros amigos de la UC de Santiago: Fernando Pérez y Rodrigo Pérez de Arce, quienes hicieron editar un libro en Europa con nuestro Itinerario en Valparaíso. Alex Moreno cercano colaborador. Monserrat Palmer directora de las ediciones ARQ, muchas publicaciones le debemos a ella.
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Después de lo expuesto sobre la generación de esta Escuela, se podría decir entonces con toda autoridad, a partir de Ella misma, que el oficio del arquitecto se encuentra centrado en el ser humano, en su actividad en el mundo, en sus proyectos de aglomeraciones vitales que se organizarán como ciudades, siendo éstas los centros del mundo creado por el hombre: la “ciudad hecha por todos”, como proponía Lautréamont a la poesía, (la phalène de Godo, lo realizó).
El arquitecto, siendo el artífice que da morada al hombre, quiere decir: le proporciona habitación a todos los oficios. Cada oficio requiere sus propias condiciones de trabajo, sus propios espacios condicionados para su labor, para su concepción del mundo, por tanto debe conocer los oficios del hombre. Dicho en otras palabras, se trata de edificar y ordenar los espacios que la humanidad requiere. Por consiguiente debe necesariamente conocerla de cerca.
Por eso comenzamos observando aquello que ningún libro nos va a enseñar, ni una biblioteca universal.
Mucho se podría hablar de la observación, es muy largo. Sólo diré que es muy semejante a la observación que realizan los científicos, es decir: un acto esencialmente creativo, una actividad de meditación, de abertura, de contemplación; en ella está naciendo un nuevo mundo, un desconocido, donde aventurarse.
Para ilustrar esto, voy a recurrir a Richard Feynman uno de los físicos importantes de nuestra época, (las líneas de Feynman), quien dice:
“Al principio de la historia de las observaciones experimentales o de cualquier otra observación científica, es la intuición, basada en el fondo, sobre la práctica ordinaria de los objetos cotidianos, que sugiere las explicaciones razonables de los hechos. Pero a medida que intentamos ensanchar la descripción de nuestras observaciones, y de reforzar su coherencia, a medida que consideramos un dominio cada vez más vasto de fenómenos, estas explicaciones dejan de ser simples explicaciones, para convertirse en lo que llamamos leyes. Estas leyes tienen una característica extraña: a menudo parecen transformarse cada vez más en no razonables, cada vez menos intuitivamente evidentes. Tomen como ejemplo, en la Teoría de la Relatividad, esta proposición: Si Ud. observa dos eventos simultáneos, ésta no es sino su opinión, otra persona podría observar estos eventos uno delante del otro; la simultaneidad no es por consecuencia sino una impresión «subjetiva»”.
Hasta aquí Feynman.
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Esta situación es muy cercana a la observación a ojo desnudo. Más aun, podemos observar ciertas experiencias realizadas con nuestros ojos, donde descubrimos fenómenos de la luz que habitualmente se realizan en un laboratorio: Desenfocando los ojos sobre la lectura, las letras pueden aparecer en relieve y flotar mientras la hoja de papel adquiere extrañas profundidades. O bien, acercando una tarjeta con el canto vertical delante de la pupila, hace el efecto de lente de aumento sobre las letras, si se quiere. Qué ha sucedido: se ha producido una difracción de la luz, se ha quebrado el curso rectilíneo en las ondas tangentes al canto de la tarjeta, las ondas divergen, las letras se agrandan, (como las olas del mar al girar una puntilla). Curioso, no? Observaciones parecidas hacía Alberto con las gotas de agua.
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Veamos otra aproximación con la observación científica… Feynman:
“Se podría creer al menos que se habla de la naturaleza cuando se habla del carácter de las leyes físicas; y sin embargo no quiero hablar de la naturaleza, sino más bien de la posición que ocupamos actualmente en relación a la naturaleza: lo que creemos saber, lo que queda por adivinar, y cómo nos aprestamos para adivinar. De hecho, comenzamos por adivinar. Luego, se calcula las consecuencias de nuestra conjetura para ver lo que se modificaría si hubiéramos adivinado justo. Se compara la experiencia directamente con la observación. Si no está de acuerdo con la experimentación, es falso. En este simple enunciado reposa la clave de la ciencia. La belleza de la conjetura no cambia nada si no está de acuerdo con la experimentación”.
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Volviendo a nuestro origen, el poeta, como el “voyant” de Rimbaud, Godo: Godofredo Iommi adivinó muy bien al iniciar una relación temprana con filósofos en un momento en el cual no sabíamos que Heidegger iba a terminar convergiendo hacia la poesía hasta finalmente relacionarse en su tiempo con Rilke, Trakl, Paul Celan… y los franceses que también abren un horizonte en su pensar, con Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé, Gérard de Nerval, (los poetas preferidos de Godo) y últimamente René Char.
Partir desde la palabra de Hölderlin, como la palabra inicial, aquella que abre mundos, hace avanzar, aparecer lo que estaba oculto; la aletheia de los griegos. Heidegger dice:
“Hölderlin es para mi el poeta que hace señas hacia la dirección de lo que adviene: el poeta que hace señas hacia Dios”.
Más adelante dirá que el asunto que concierne a la filosofía es el de “preservar el poder de las palabras más elementales”.
De aquí se parte: de los grandes poetas griegos: Homero, Safo, Píndaro, Esquilo, Eurípides, a la luz de quienes buscará iluminar su diálogo con los pensadores que interrogará.
Pero lo más sorprendente para nosotros es el encaminamiento no sólo hacia la poesía, comprensible, por la palabra, sino también hacia el arte, como su conocido acercamiento a Paul Cézanne. El 20 de marzo de 1958 en la universidad de Aix-en-Provence, las primeras palabras que pronunció fueron las siguientes:
“¿Porqué hablo aquí, en Aix-en-Provence?
Amo la dulzura de esta comarca y de sus pueblos.
Amo el rigor de sus montes.
Amo la armonía de los dos.
Amo Aix, Bibemus, la montaña Sainte Victoire.
Encontré el camino de Paul Cézanne, el cual, desde el comienzo hasta su final, mi propio camino de pensamiento, en una cierta medida corresponde.
Amo esta comarca con su costa marina: ahí se anuncia en efecto la proximidad del país griego.
Amo todo esto porque estoy convencido que no hay una sola obra esencial del espíritu, cuyas raíces no se sumerjan en un suelo original sobre el cual se trata de tenerse de pie.”
Estos últimos párrafos los indicaría Godo para explicar la épica de Amereida.
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Lo que América requiere… Fundar un territorio donde tenerse de pie. El primer enclave sería La Ciudad Abierta, en Ritoque. Si hubiera un cartel para señalar la entrada diría:
HOSPITALIDAD
Qué significa: Abrir las puertas a la amistad, a una relación de amor, de oír la voz del amigo.
Por último, aconsejo: –oyendo la voz de mi amigo François Fédier, quien decía: “para conocer la profundidad que puede alcanzar la verdadera amistad”–, hay que leer a Michel de Montaigne, quien también se llamaba Michel Eyquem.



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